¡Pararse, sentarse! Francisco “Catamarca” Ocampo

No era una noche típica de entrenamiento, aunque todos estábamos en el vestuario, con nuestras insólitas vestimentas. No era una de tantas, no. Existía un ambiente de expectativa, de curiosidad y una pizca de rebeldía latente en los casi cuarenta jugadores de Primera e Intermedia.

Era una tensión que ahogaba las acostumbradas bromas y risas, transformando el clima en una cuerda tirante. En eso, se abrió la puerta y entró. Sesenta y tantos años, alto, robusto, decidido. Francisco “Catamarca” Ocampo. A su lado, Federico López Saubidet, Presidente del Club, que fue quien hizo la correspondiente presentación oficial:

– Francisco Ocampo fue invitado por el Club para…

Sus palabras se fueron perdiendo dentro de la tensión reinante y la rebeldía comenzó a empujar, tratando de salir a la luz. ¡Un entrenador de “afuera”! ¿Para qué lo queríamos? ¿Qué nos podía enseñar que no hubiéramos aprendido en años de rugby? Ráfagas parecidas volvían a cruzar las mentes de todos reviviendo el conflicto. Jugadores veteranos en Primera, expertos en rugby, con años de Seleccionado. Arturo Rodríguez Jurado (h), Roberto “Bobe” Cazenave, Horacio DeMartini, Adrián Anthony…

A esta tensión, siguió el asombro, lo insólito.

-¡Pararse!

Fue la primera palabra de Ocampo. Una orden tajante, que no admitía réplica. Nos miramos sin poder creer lo que oíamos. Después de un segundo que pareció un siglo, fue “Bobe” Cazenave el que se puso de pie primero. Luego Arturo Rodríguez Jurado, el capitán. Detrás de ellos, todos los demás.

-¡Sentarse!

Y nos sentamos, sin salir del estupor. -¡Pararse!

Y nos paramos. Había un brillo de satisfacción en los ojos de Ocampo y una leve sonrisa cuando dijo: “Ahora… ¡a la cancha!”.

Se acercaban las fiestas del año 1968. Francisco Ocampo recibió la visita de Federico López Saubidet y de Mario Walther (padre), en su casa de Bella Vista. La propuesta fue concreta.

-Venimos a invitarte para que entrenes al SIC.

Ocampo dudó. Pensó en su edad. Tal vez, en ese corazón que no andaba del todo bien. Quizás, en los años de frustraciones y sinsabores que recibió junto con la alegría de haber dirigido a muchos equipos campeones. Y también pensó en el SIC, un equipo de excelentes individualidades pero de gran indisciplina.

Sería una ardua tarea. Pero aceptó. Tiempo después diría que lo hizo porque tenía que pagar una deuda con el SIC. No supimos cuál fue esa deuda pero, si la tenía, la cumplió.

Esa noche salimos a la cancha totalmente desorientados. Los más jóvenes seguíamos a los líderes. Ocampo nos juntó en el campo de juego, debajo de una de las débiles luces que trataban de iluminar la cancha de entrenamiento. Nos apelotonamos a su alrededor.

-Quiero verlos a todos. Formen un círculo grande, para que todos estén en primera fila. Vamos a empezar por el ABC. Alzando y mostrando la pelota, continuó. Esta es la pelota. No es ovalada, sino que tiene forma de cigarro. Es “acigarrada”. No lo podíamos creer. ¡Jugadores de años de rugby, jugadores internacionales, escuchando a un hombre que hablaba sobre la pelota de rugby y que, además, decía que no la sabíamos pasar! ¡Por favor, este hombre nos está cargando!

Las miradas de incomprensión, de bronca, de risa sofocada iban y venían de unos a otros.

-…El hooker no va a enganchar la pelota, sino que todo el pack va a pasar por encima de ella. Eso fue el colmo. ¿Cómo íbamos a tener la pelota del scrum si el hooker no “hookeaba”?

Ocampo comenzó su enseñanza técnica con el pase de la pelota. Buscaba rapidez y precisión en el mismo, seguridad al atrapar el pase del compañero. Fue allí cuando se instauró la “ronda”. Formábamos un amplio círculo y trotábamos pasando la pelota. ¡Era interminable! Largos minutos, tediosos, monótonos. Sólo se escuchaba la voz enérgica de Ocampo:

– ¡El pase es un movimiento! ¡Estiren los brazos para recibir la pelota! ¡No le saquen la vista, síganla durante todo el recorrido!

Más adelante, la misma ceremonia se llevaría a cabo antes de cada partido. Siempre dándonos mucha vergüenza, porque la gente nos miraba, se sonreía irónicamente y los amigos de otros clubes se mofaban.

Junto con la del pase, Ocampo desarrolló la enseñanza sobre su técnica en el scrum. Consideraba que esta formación era el cimiento del juego de forwards. Cimiento, no finalidad.

-La función del forward siempre empieza-decía.-Termina un line-out para empezar una montonera. Y ésta, para empezar un scrum. Y así sucesivamente…

Desterró la “amansadora”, ese aparato de madera con topes acolchados que usábamos para practicar scrum. En su lugar, actuábamos los mismos jugadores, formando pack contra pack. Y, muchas veces, los tres-cuartos formaban de pilar o segunda línea.

-Así sienten lo que cuesta conseguir una pelota y valoran el trabajo de los forwards.

Por supuesto, la idea todavía no entraba en nuestras mentes. No podíamos imaginar cómo íbamos a conseguir la pelota.

Ya nos daríamos cuenta, sufriendo la experiencia en carne propia.

Un día, se organizó un partido amistoso contra el Círculo de Ex-Cadetes del Liceo, equipo de Tercera División que también dirigía Ocampo. Entre esos jugadores, estaba Carlos “Veco” Villegas. El partido se jugó en el SIC y la Intermedia fue la primera en experimentar la nueva técnica.

Llegó el primer scrum. Los forwards se abrazaron formando una masa compacta. Los del SIC, tratando de hacerlo de acuerdo con las directivas recibidas. Los primeras líneas tomaron contacto, el medio-serum echó la pelota y ¡ooop! el pack del SIC retrocedió como llevado por una topadora.

Nos levantamos de la formación con la sorpresa reflejada en las caras. Pero en las miradas cruzadas en ese momento iba un mensaje: “Muchachos, parece que el Viejo tiene razón…”.

El primer convencido fue el “Coco” Rocha, un hooker que ya había sido preseleccionado para la Selección Nacional. Decidió abandonar su antigua función y dedicarse de lleno a aprender la nueva técnica,

-El hooker- había comentado Ocampo, por Rocha -parece inteligente. Sabe escuchar. Pienso que puede andar…

También entraron en la idea jugadores importantes por su trascendencia, como el capitán Arturo Rodríguez Jurado, Horacio De Martini, Alejandro Cilley, Roberto Cazenave, Julio Otaola, quienes se convirtieron en importantes puntales del plantel y de Ocampo.

Con esta evidencia y guiados por los más convencidos, los entrenamientos tomaron otro color. La disciplina fue entrando en cada uno de nosotros al compás de las máximas de Ocampo:

– El comienzo de un entrenamiento lo marca el último en llegar. La cadena se corta por el eslabón más débil.

La técnica que se nos quería imponer, no sólo exigía una férrea disciplina, sino también una sólida cohesión entre todos los integrantes del equipo. Al respecto, también debimos escuchar verdades irrebatibles:

-Todos somos tientos de una misma lonja. Cada jugador es la quinceava parte de un equipo.

Ocampo tenía máximas para todo. Desde los detalles mínimos pero necesarios (“para el forward, los tapones son lo que el fusil para el soldado’), hasta lo más profundo del espíritu del rugby: “El contrario es un adversario que nos permite jugar. No es un enemigo y, por lo tanto, lo debemos respetar”.

Durante el campeonato 1969, el SIC realizó una buena campaña, donde mostró, aunque intermitentemente, las enseñanzas adquiridas. Se había mejorado mucho en el pase y en la unidad del equipo. Pero el scrum no daba, todavía, sus frutos. Mucha gente insistía en que debíamos “hookear”, pero los jugadores nos mantuvimos en nuestra tesitura, cada vez más convencidos de que eso era lo que había que hacer.

De pronto, nos encontrarnos con una seguidilla de ocho partidos sin haber perdido, habiendo jugado, además, un buen rugby.

-Me asusta lo rápido que están progresando – dijo Ocampo muchas veces.

Y también comentó, a la pregunta de Carlos Villegas con respecto al plantel “Pero… ¿tan buenos son?”:

-Te contesto con dos palabras: son mejores que los Old Georgians del ’38.

Los jugadores nos sentíamos en la gloria. ¡Ocho partidos sin perder! Creíamos que lo sabíamos todo, que habíamos asimilado todo lo que podía enseñarnos.

Pero las circunstancias nos hicieron tocar la tierra. Por razones de salud, Ocampo dejó de venir a algunos entrenamientos y allí perdimos tres partidos seguidos y, con ellos, la posibilidad de acceder a una mejor colocación en la tabla de posiciones.

Terminamos cuartos en Primera, cinco de nuestros jugadores fueron elegidos para integrar los equipos que jugarían contra Escocia y -algo muy importante- finalizamos subcampeones del Torneo Extra, perdiendo la final contra San Fernando.

Este torneo resultó importante porque en el SIC, que jugó prácticamente con la Intermedia, comenzó a germinar y fortalecerse un concepto: el de Plantel. Es decir, tener un primer equipo de excelente nivel, y un segundo team -la Intermedia- cuyos jugadores pudieran suplir sin inconvenientes ni desventajas a los titulares de Primera.

Muchos pueden pensar que sólo la llegada de Ocampo marcó el comienzo de los éxitos. Pero quienes crecimos y vivimos en el SIC, sabemos que fue el resultado del trabajo de muchas personas que, como él, dedicaron su tiempo a enseñar no sólo el juego del rugby sino su espíritu.

“Catamarca” fue el eslabón perfecto que unió la tradición del SIC a una manera de enfocar el juego. Fundamentalmente, Ocampo exigió y obtuvo disciplina y cohesión en el equipo. Por eso fue tan importante aquella primera reunión de entrenamiento. Tiempo después, él comentaría que si los jugadores no hubieran obedecido la orden, él no hubiese aceptado dirigir el equipo. Y fue una vez lograda la disciplina que enseñó su técnica a un plantel preparado mental y físicamente para aprenderla.

Nos encontró con tanta avidez por recibir lo que él nos transmitía, que se animó a ser cada vez más exigente y a intentar métodos de entrenamiento desconocidos para nosotros como, por ejemplo, las prácticas conjuntas entre los equipos de Círculo de ex-cadetes de Liceo Militar y el SIC, verdaderos partidos nocturnos. Nos inculcó que si un equipo de Primera era capaz de aprender de uno de Tercera, estábamos en el buen camino.

En su tarea contó con una ayuda de gran importancia: Lucas Glastra, Capitán General del Club. Por su extrovertida personalidad, Lucky no se limitó a ser una figura decorativa. No sólo cumplió con el proceso de adaptación, sino que también realizó su propio aprendizaje, viajando una vez por semana a Bella Vista para charlar, discutir y aprender con notable humildad.

Fue así que a la tradición se sumó la disciplina, a ésta la técnica y, con un plantel mentalizado, el SIC ya estaba listo para el Gran Rugby.