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30 años sin Veco

30 años sin Veco

UN EDUCADOR VESTIDO DE ENTRENADOR

30 años sin Veco

A 30 años de su partida junto a Maricha, recordamos a Veco con este texto de Sebastián "Cheba" Perasso.


Carlos Adolfo Villegas (“Veco” para el mundo del rugby) fue un entrenador extraordinario, que reunía todas las condiciones o aptitudes de un gran coach.

Desde su curiosidad y ansias por aprender fue un profundo conocedor del juego.

Manejaba las tácticas y estrategias con maestría y tenía la virtud de crear ambientes agradables desde su empatía con el prójimo.

Lograba una comunión afectiva muy profunda con sus jugadores. Ese “feed-back” tan importante en la tarea del entrenador como constructor de relaciones fue un valor agregado que exhibió con cada uno de sus equipos.

Sabía tratar a las personas. Tenía la virtud de llegarle al jugador desde su discurso variado: pausado y cálido si hacía falta, y potente y enérgico cuando la situación lo ameritaba. 

Estudioso, detallista, sistemático, analítico y disciplinado eran algunas de las características que lo hacían sobresalir como entrenador, pero lo que lo hacía aún más notable eran sus valores humanos.

Si hay algo que debe rescatarse de su figura es su hidalguía deportiva.

Siempre supo ser sereno y mesurado en las victorias pero también pudo sobrellevar con grandeza y dignidad las derrotas deportivas.

Fue grande en las victorias como en las derrotas, mostrando hidalguía, humildad, modestia y compostura.

Esas victorias que abrazó tan seguido no lo convirtieron en un personaje petulante ni engreído.

En todos los casos desparramó altas dosis de caballerosidad deportiva y una sencillez y humildad propia de otros tiempos.

Siempre arrió la bandera del discurso medido y de la palabra justa.

Con esa simpleza y humildad de buena gente jamás hizo alarde de sus conquistas. Nunca caminando con aires de superioridad. Siempre sereno, mesurado hasta el extremo.

Fue el ejemplo más cabal de rectitud. No andaba por la vida exhibiendo logros o refrendando trofeos.

Sencillo, puro, alejado de los excesos y de las conductas impropias de su profesión.

Transitaba en la vereda de enfrente de la chabacanería, de los gestos innobles.

Abrazaba la victoria con sencillez y serenidad. Respetaba al rival. Aborrecía el revanchismo y la falta de educación.

Las derrotas las digirió siempre con naturalidad, sin enojos, sin excesos ni dramatismos, como parte necesaria del juego.

La ética fue siempre su compañera de ruta. La nobleza en los recursos utilizados alumbró desde el comienzo su largo camino de peregrinaje a través del rugby.

Para Veco el recorrido importó tanto como la llegada. Siempre buscó construir victorias duraderas, edificar triunfos construidos sobre cimientos morales.

En cualquier caso se encolumnó detrás de epopeyas legitimas que pudieran ventilar orgullo y generar respeto. Nada de victorias huecas,  vacías o desprovistas de nobleza.

Fue ante todo un educador. Y desde esa habilidad innata para comunicar ejerció la docencia con compromiso y vocación.

Trasmitió en sus dirigidos los más altos valores. Formó y moldeó personas de bien más allá del juego, dándoles una impronta derivada de su particular filosofía de vida.

Hizo del respeto la base de las relaciones humanas y desde su coherencia en el mensaje generó entusiastas imitadores en todo el mundo del rugby.

Siempre creyó que la furiosa pasión por la victoria jamás debía anular el espíritu del rugby, traducido en respeto, caballerosidad y lealtad deportiva.

En rigor, desde un comienzo fue en busca del éxito duradero, sabiendo que al margen de triunfos o derrotas en el campo de juego podía entregarles a sus pupilos innumerables lecciones y herramientas para la vida.

Un verdadero educador que desde su humildad, rectitud y coherencia supo dejar una impronta muy marcada en todo el rugby argentino.


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